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El pensamiento de Bolívar

Simón Bolívar

El pensamiento de Simón Bolívar tiene mucho que hacer en América, dijo José Martí el 28 de octubre de 1893 en Nueva York, ante la Sociedad Literaria Hispanoamericana. Y su concepción – según Francisco Pividal -continúa siendo amplia, hermosa, vigente, querida y deseada por todos los pueblos de América Nuestra”. Porque Bolívar es, dice el maestro José  Consuegra Higgins, “el precursor del pensamiento social auténtico…”.

Es necesario, pues, replantear al Libertador para estudiar su pensamiento y confrontarlo con la realidad de nuestro país. Y denunciar por cómplice del atraso, la pobre y tendenciosa concepción histórica que muestra como un caudillo de quien sólo se da a conocer sus hazañas militares y de alcoba. Para empezar, debemos decir que Bolívar fue un partidario decidido de la justicia social. En el decreto del 20 de mayo de 1820 ordena que “ni los curas, ni los jueces políticos, ni ninguna otra persona empleada o no, podrán servirse de los naturales (léase indígenas y campesinos) de ninguna manera, ni en caso alguno, sin pagarles el salario que antes estipulen en contrato formal celebrado a presencia y consentimiento del juez político”. ¿Y que más demostración de justicia que haberle devuelto la tierra a los indígenas y haber libertado a los esclavos?.

Fue también un visionario que anticipó - según el citado profesor Consuegra Higgins - y antes que Marx, la tesis del Estado fuerte de transición para hacer posible la sociedad justa a la que aspiraba, al constatar que la democracia transplantada de Europa no era visible en un país de indígenas, manejados por “los intrigantes (y corruptos) moradores de las ciudades”,  y que la democracia, entendida como el gobierno para las mayorías débiles, era burlada por las minorías selectas y opresoras que la manejaban. Y también -visionario - porque en lo económico y por los tiempos en que los economistas coloniales planteaban la interpretación fisiocrática de la riqueza, ya Bolívar hablaba del trabajo y del conocimiento como palancas de desarrollo.

Consecuente con esta tesis, en el citado decreto se dice: “Todos los jóvenes mayores de cuatro años y menores de 14 asistirán a las escuelas”. Pero es tal vez en el análisis político en donde Bolívar es más grande. Criticó las “repúblicas aéreas”, basadas en experiencias y teorías ajenas, y la tendencia a pretender someter la realidad al pensamiento, que  es la causa del extranjerismo y el subjetivismo de nuestros partidos reaccionarios y revolucionarios, empecinados ambos en las rectas y en los dogmas de las metrópolis. Bolívar era un revolucionario y los revolucionarios proceden de un modo inverso, enriquecen el pensamiento con la praxis y los cambios operados en la realidad. Por eso propuso una democracia real, no formal, en la que contaran los indios, los campesinos, los artesanos, los oprimidos y censuró “la odiosa diferencia de clases” que los excluía. Creó el Estado fuerte para vencer la resistencia de la aristocracia que se oponía a la inclusión de los oprimidos en la repartición del “ponqué social”.  Y propuso la centralización política de América Latina - contra  el nacionalismo estrecho y egoísta de las aristocracias criollas - para enfrentar a España y posteriormente al naciente imperio de EEUU, al que ya veía con la sombra negra que terminaría por aplazar las esperanzas de los pueblos latinoamericanos, “los EEUU parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miseria a nombre de la libertad”, escribía a Patricio Campell en 1829. Para el Libertador la integración latinoamericana era la fórmula para mantener la soberanía  y la independencia de nuestros pueblos. “Yo deseo, más que otro alguno, ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y su riqueza que por la libertad y gloria”, dijo en su Carta de Jamaica.

Pero no se crea que el Libertador no era nacionalista. Lo fue pero para defender la soberanía y las riquezas de la América mestiza frente a los enemigos poderosos de la época. Como si hubiera pensado en el TLC y en el presente de nuestro continente, sostenía que los pactos bilaterales entre el poderoso y los débiles conducen necesariamente a la dependencia. “Firmado una vez el pacto con el fuerte, ya es eterna la obligación del débil”, escribía en 1823 a Bernardo Monteagudo. “Las leyes - dijo en el Congreso de Angostura - deben ser relativas a lo físico del país a su situación, a sus inclinaciones, a sus riquezas. He aquí el Código que deberíamos consultar, y no el de Washington”. Pero su nacionalismo, igual que sus demás concepciones políticas y económicas, no contradecían su aspiración a la unidad de todos los pueblos que defendían unos mismos ideales y que estaban hermanados por su origen, por sus problemas y por su enemigo común. Era un nacionalismo Pan - latinoamericano que lo llevo a vaticinar: “El día de la América Latina solo llegaría cuando se integre en una sola nación”. Bolívar, sin duda, tiene mucho que hacer en Colombia y en América.

La democracia actual no se diferencia gran cosa de la “aérea” que él conoció. La corrupción que él criticó y que era una de las causas del fracaso de la implantación de la democracia europea en nuestras tierras, hoy es un cáncer que deteriora todo el tejido social de nuestros países. La justicia social y la educación no llegan a grandes sectores de la población, quienes siguen votando del mismo modo que los indígenas de los años de la incipiente República.  Los Ejércitos, en lugar de ser “el pueblo en armas” con la misión de “defender las garantías sociales” como lo demandaba Bolívar, son - y con honrosas excepciones – la herramienta de dominación del Imperio y de las oligarquías corruptas.  La mayoría de nuestros gobernantes y dirigentes políticos continúan postrados ante “el celoso del Norte”, de espaldas a las necesidades de sus pueblos y pensando con ideas ajenas en lugar de buscar la teoría en el conocimiento de la realidad latinoamericana. Por esto, como dice Neruda en su Canto General: “Bolívar, Capitán… los malvados atacan tu semilla de nuevo/…/pero hacia la esperanza nos conduce tu sombra/…/De nuestra joven sangre venida de tu sangre/ saldrá la paz, pan y trigo, para el mundo que heredemos”.

Gral. Paco Moncayo G.